El velocista alcalaíno Gerson Pozo afronta su salto definitivo a la élite absoluta con un objetivo entre ceja y ceja: el Europeo de Birmingham 2026 al aire libre, donde sueña con ser algo más que un simple participante en los 400 metros.
Formado desde niño en las pistas del Val con el Ajalkalá, campeón de España y referente del 400, Pozo ha dejado su etapa universitaria en Estados Unidos para centrarse en su carrera deportiva y pelear por las mínimas europeas y mundiales desde casa, en Alcalá de Henares.
De un día escolar a la pista del Val.
Los inicios en el Val
Las pistas de atletismo del Val han visto crecer a Gerson Pozo desde que, con apenas 9 o 10 años, se apuntara “a todo” en un día deportivo escolar y ganara cada prueba con una sonrisa, descubriendo casi por casualidad que lo suyo no era el fútbol, sino correr. Hoy, con 22 años y a punto de dar el salto definitivo a la categoría absoluta, el velocista del Ajalkalá acumula tantas medallas que ha perdido la cuenta: entre cinco y ocho a nivel nacional, dos internacionales y varias más en los campeonatos de Madrid de categorías inferiores.
Curiosamente, ninguna de esas medallas está en su habitación. Las guarda su madre —y alguna su novia— mientras él solo mantiene a la vista una foto de un Europeo en los tacos de salida y una lista de objetivos. “Las medallas son recuerdos, pero lo importante es que la vida sigue y hay que seguir entrenando para lograr el siguiente logro”, resume, fiel a una mentalidad en la que disciplina y ambición conviven con la idea de no conformarse nunca.
El regreso de Estados Unidos
Entre todos sus éxitos, Pozo se queda con el oro de campeón de España logrado en febrero del año pasado, la primera gran medalla tras regresar de Estados Unidos. Fue el punto de inflexión después de tres años en universidades de Luisiana y Texas, donde estudiaba Marketing y competía con las becas deportivas típicas del sistema norteamericano. La experiencia académica fue buena, reconoce, pero deportivamente no encontró su sitio: llegó a pasar de correr en 45 segundos a hacerlo en 49 en una sola temporada y, pese a cambiar de entrenador y de estado, nunca sintió que estuviera en el lugar adecuado para su progresión.
“Decidí volver a casa porque el deporte es lo que me ha abierto las puertas para estudiar, y estudiar se puede hacer en cualquier momento, pero la carrera deportiva no dura para siempre”, explica. De vuelta en Alcalá, el velocista intenta convalidar sin éxito sus estudios universitarios durante ocho meses y termina matriculándose en un grado superior de Comercio Internacional, que compagina ahora con sus entrenamientos diarios en el Val.
Birmingham 2026 en el horizonte
Su calendario gira ya alrededor de una fecha: el Europeo de Birmingham 2026, previsto en agosto, donde quiere llegar con la mínima en 400 metros en la mochila y la sensación de poder pelear por semifinales e incluso por un puesto en la final. No tiene grabada la marca exacta de la mínima —“no sé si era 45.0 o 44.80”, admite—, pero sí muy claro el enfoque: “No quiero ir solo a participar, me gustaría ser semifinalista con opciones de finalista”.
El salto a la categoría absoluta ha cambiado su mapa competitivo: ya no hay pruebas de menores, solo campeonatos sénior y un altísimo nivel en el sector de la velocidad española, especialmente en los relevos. Pozo forma parte del grupo de 4×400, donde la competencia interna por cada plaza es feroz: “De los ocho que fuimos a un test, viajan siete. Es muy competitivo, pero eso significa que España está a un nivel en el que puede permitirse dejar gente en casa y contar con los que están en forma”.
La vida en los relevos y en el 400
En los relevos, ha aprendido a relativizar la presión del cuarto relevista y a valorar cada eslabón de la cadena. “El cuarto trae la medalla a casa, pero no puede hacer una carrera perfecta si el primero, el segundo y el tercero no han hecho su parte. Todos son igual de importantes”, recalca, subrayando también la necesidad de ser versátil y estar preparado para correr en cualquier posta según marque el estado de forma del equipo.
Aun así, su debilidad sigue siendo la prueba individual: los 400 metros lisos. Allí, en los grandes estadios llenos, con miles de personas gritando, el alcalaíno reconoce que corre todavía más: “Es genial ver un estadio lleno en un deporte que es tan grande pero a la vez tan minoritario. Se corre mucho más cuando hay gente que cuando está vacío”.
Lo mejor y lo peor de estudiar en EE UU
Su paso por Estados Unidos le dejó también una visión muy clara de las diferencias entre sistemas. Por un lado, se queda con la enorme flexibilidad de las universidades norteamericanas para compatibilizar estudios y deporte —exámenes que se adelantan o se retrasan cuando hay viajes de competición, algo que rara vez ocurre en la universidad pública española—; por otro, con una realidad que le sorprendió: “Sin coche no eres nadie. Todo está lo suficientemente cerca, pero lo bastante lejos como para no poder ir andando y no hay transporte público”.
Una infancia “insatisfecha” y mucha disciplina
En lo personal, mira atrás y define su infancia como atleta con una sola palabra: “insatisfecho”. Siempre quería más, subir un escalón más rápido, ganar más, estar más arriba, y admite que esa ambición a veces le impidió disfrutar de los viajes, las competiciones y los compañeros. Con el tiempo ha matizado esa mirada: “La ambición no es mala, el problema es cuando te ciega y no sabes disfrutar de cada viaje, de cada competición y de cada compañero”.
Esa exigencia también marcó su adolescencia. Mientras sus compañeros de clase enlazaban fines de semana de planes, él se quedaba muchas veces en casa porque al día siguiente tocaba entrenar o competir. “Creo que hasta los 20 años no habré hecho más de dos pijamadas seguidas”, recuerda entre risas, agradeciendo ahora que sus padres le inculcaran una disciplina que hoy siente como propia: “Ellos me formaron para que llegara un momento en el que fuera yo quien dijera ‘no, no voy a hacer esto’”.
La cabeza, por delante de las piernas
En su discurso hay una constante: la cabeza manda sobre las piernas. “Si la cabeza no está para mover las piernas, las piernas no se van a mover solas”, sentencia, recordando un lema que comparte con sus compañeros: cuando crees que has dado todo, en realidad solo has llegado a un 60% mental y un 40% físico o al revés, pero siempre queda más. Por eso habla de la disciplina como un “todo” que abarca desde el calentamiento al último trote de descalentamiento, pasando por los cuidados fuera de la pista.
Entrenamientos cortos, intensidad máxima
Su día a día, sin embargo, no se mide en interminables sesiones: entrena unas dos horas diarias, de siete a nueve de la tarde, cinco días a la semana, a veces seis. Un volumen que puede parecer poco para un deporte tan exigente, pero que esconde entrenamientos de altísima intensidad, con series que le llevan al límite y le sitúan, bromea, en el “top 2 o top 3” del ránking de “potas del año” en el club.
Entre pájaras, series al ácido láctico y sueños de grandes estadios, las pistas del Val siguen siendo el escenario donde se cocina el futuro de este cuatrocentista alcalaíno. Birmingham 2026 será su próximo gran examen, pero ya ha aprendido que, pase lo que pase, lo importante es seguir en los tacos, preparado para el siguiente disparo de salida.

