El ciclista alcalaíno brilla en Estados Unidos y regresa a casa para competir.
La vida de un deportista de élite está repleta de giros inesperados. De verse al borde de colgar la bicicleta por problemas de salud a cruzar el Atlántico para vivir el auténtico «sueño americano». Esta es la historia de Carlos Pérez, un joven ciclista complutense que, tras superar una dura etapa en el pelotón nacional, ha encontrado su sitio en el exigente circuito universitario de Estados Unidos defendiendo los colores de la universidad de Savannah (Georgia).
De vacaciones en casa, Carlos se ha sentado con Alcalá de Deportes para analizar su meteórica adaptación al estilo de vida estadounidense, los secretos de la competición norteamericana y su inminente participación en la Vuelta a Madrid Sub-23.
Del pozo de la anemia a cruzar el Atlántico
Antes de brillar al otro lado del charco, Carlos pasó por momentos muy complicados en el ciclismo español. Militaba en el prestigioso equipo gallego Súper Froiz, pero las cosas no salieron como esperaba:
«Me pidieron renovar el año pasado, pero tuve una anemia por una infección en la sangre y estaba pensando en dejarlo. No se me había dado tan bien como esperaba y mi pretensión era haber subido a profesionales la temporada pasada».
Cuando la retirada parecía la única opción, la llamada de un amigo vinculado a agencias deportivas le abrió una puerta inédita: una beca deportiva para estudiar y competir en Estados Unidos. Presentó su currículum, el entrenador de la universidad dio el visto bueno y Carlos puso rumbo a tierras americanas para iniciar una aventura que ya dura seis meses.
Adaptación exprés y la vida como un «SCAD Bee»
Llegar a Georgia no estuvo exento de dificultades, especialmente por la barrera idiomática. A pesar de haber ido a academias de pequeño, Carlos confiesa que «nunca te das cuenta de la importancia que tiene el inglés hasta que llegas allí». Sin embargo, tras medio año de inmersión, ya se defiende sin problemas.
Allí compite para el equipo de la universidad de Savannah, conocidos popularmente como los SCAD Bees (las abejas).
«Me hacía mucha ilusión identificarme con un símbolo. Es verdad que una abeja es un animal diminuto, pero sin las abejas el mundo se acaba; es un dato importante a relucir. El ambiente y el apoyo al deporte que hay en la universidad es increíble, crean un verdadero efecto comunidad«.
El salvaje formato norteamericano: Ruta, crono y «Criterium»
La competición universitaria estadounidense difiere enormemente de la europea. Se estructura en tres carreras consecutivas de máxima exigencia: ruta, contrarreloj por equipos y criterium.
La ruta consiste en circuitos cerrados tipo mundial de unos 100 o 120 kilómetros. Pero el verdadero espectáculo para el público americano es el criterium: carreras en circuitos urbanos de apenas dos o tres kilómetros donde se rueda a tiempo fijo (una hora o hora y media) a una velocidad de vértigo.
«Se rueda a velocidades medias de 49 o 50 km/h en circuitos muy técnicos y con curvas cerradas. Al principio pasaba miedo, pero es cuestión de práctica. En los últimos kilómetros se entra en una especie de visión de túnel: te enfocas en la rueda de delante, sale tu instinto competitivo y solo piensas en la meta. Hay que ser egoísta en la pista, aunque al cruzar la línea nos pidamos perdón y volvamos a ser amigos».
Tras reencontrarse con su mejor nivel sin la presión que a veces asfixia al ciclismo base español, Carlos ha cerrado una temporada magnífica, destacando su papel en el prestigioso Tour of America’s Dairyland (Wisconsin), donde estuvo disputando etapas de tú a tú contra ciclistas profesionales. Solo una inoportuna caída en los Nacionales le privó de un resultado aún mayor.
El regreso a casa: La Vuelta a Madrid Sub-23
Lejos de tomarse unas merecidas vacaciones tras competir en Wisconsin hasta el día previo a coger su vuelo de vuelta, Carlos ha decidido seguir compitiendo durante el verano en España. Su gran cita es la Vuelta a Madrid Sub-23, que arranca este miércoles a las 15:30 h con una etapa muy especial que sale desde la emblemática Plaza de Cervantes de Alcalá de Henares.
«Me apetecía muchísimo correr en casa. He entrenado por toda la zona de Alcalá, Móstoles y Galapagar. En Madrid no se hacen muchas carreras de este estilo y correr con mi familia apoyándome en las cunetas me hace un hueco en el corazón. Aunque llegue cansado del viaje y de competir con profesionales en Estados Unidos, la motivación de correr aquí es máxima».
¿Es aburrido el ciclismo?
Al ser preguntado por los tópicos del ciclismo, Carlos no esquiva las preguntas difíciles. Admite que es un deporte de una dureza física extrema, donde constantemente hay que sobrepasar los límites propios porque siempre hay alguien dispuesto a sufrir un poco más. Y sobre si es aburrido, sorprende con su honestidad:
«Yo soy un poco ‘hater’ del ciclismo en ese sentido. Para mí, entrenar cinco o seis horas bajo el sol a veces se hace bastante aburrido. Yo hago ciclismo porque soy extremadamente competitivo y lo que me apasiona es competir, no entrenar. Y como espectador… no voy a mentir, a mí también me entra la típica morriña y me duermo la siesta viendo el Tour de Francia a falta de 100 kilómetros para la meta, como hace media España».
Con la mirada puesta en el futuro, Carlos tiene claro su objetivo a largo plazo: volver a Estados Unidos para consolidarse en los criteriums profesionales norteamericanos, un sector donde se mueve mucho patrocinio y donde aspira a poder vivir dignamente del ciclismo disfrutando del show a lo grande. De momento, la Plaza de Cervantes le espera para verle volar de nuevo en casa.


